100 Pág.


    Este ensayo no avanza ni retrocede. Como un cangrejo, camina lateralmente sobre un conjunto de fragmentos que se llamaron Jorge Bonino. Antes que de un estudio o una investigación, se trata de pestañas que se abren con intermitencia azarosa. O rodeos y elusiones a un “objeto” esencialmente elusivo: la vida-obra de un gran artista que enloqueció.



    ¿Cuál es el sitio en que la tierra deja de abrirse súbitamente bajo los pies?

    Pascal Quignard, El odio a la música.

    Córdoba, 1965. Un arquitecto recientemente recibido, oriundo de Villa María, que había logrado por ese entonces ingresar como profesor universitario a la misma Facultad en la que había estudiado, funcionario de la Municipalidad de la Ciudad, encargado del diseño de sus parques, encargado a su vez de diseñar escenografías para un canal de televisión, hijo de una familia de protestantes, conocido por su verborragia desbocada, su rapidez para la broma y el chiste, querido por muchos, ese arquitecto se propondría presentarse en lo que llamaría un “espectáculo”. Pero uno que durara solo “una noche”. Sus amigos y conocidos lo consideraban “un personaje” y, luego de algunas experiencias previas de payasadas y otras yerbas, lo habían convencido: debía hacer “algo” escénico que fuera solo suyo. Un espectáculo, precisamente. Aceptó el desafío y concluyó que el mismo consistiría en presentar un “lenguaje inexistente”, uno sobre el que había estado trabajando toda su vida, incluso inconscientemente, incluso en los sueños. Un lenguaje sin significado, a-semántico. No solo incomprensible, sino irreferenciable, como señalará José Luis Arce en su libro Teatro absoluto. Un lenguaje sin referentes externos, que no dijera nada “sobre” nada. Y mucho menos “sobre” algo. Córdoba, 1965. Jorge Bonino, archiconocido en los pasillos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Córdoba y discretamente mencionado en algunos círculos artísticos, junto a la cofradía de algunos amigos diseñadores y arquitectos vinculados a las artes visuales que se congregaron en torno a las Bienales organizadas en la ciudad por aquellos años, presentaría su “espectáculo” por única vez en la sala El Juglar, ubicada entonces en calle La Rioja, a metros de la Av. Vélez Sarsfield. ¿De qué trataría eso que llamaba el “espectáculo”? Pues de un lenguaje inentendible explicando el origen del mundo. En una palabra, de una tomada de pelo, de una gastada, una boutade. Algo así como una estafa, como un lenguaje estafador, una lengua que ya que pareciendo significativa no significaría nada.

    Y sin embargo, para Bonino, se trataba todavía de una gastada “crítica”. Pero de una crítica en cuanto estaba hecha por ese lenguaje inentendible, también ella imposible de entender desde un referente. “Entonces decidí que me gustaría hacer una crítica del mundo (o mejor dicho del mapa), pero que fuera objetiva, sin ningún punto de vista.” Para “que la gente no pudiera aferrarse a ninguna cosa”, le diría en una entrevista de 1976 a Tamara Kamenszain (aunque dicha entrevista no es sino, como declara la entrevistadora, una traducción de la catarata de declaraciones que a veces era Bonino). Esa crítica consistía, entonces, en que ese lenguaje inentendible fuera inasible. Imposible de aferrar, como un despojo. El espectáculo trajo así un lenguaje inentendible y una crítica indescifrable. Y todo ello con un verdadero toque cómico. Comenzaría de este modo “la leyenda de Jorge Bonino”, como años después la llamaría su ferviente discípulo Héctor Libertella.

    Bonino aclara ciertas dudas fue el nombre elegido para esa presentación. Junto a sus amigos, lo promocionaron con carteles misteriosos pegados por todos los lugares del laberíntico centro cordobés. Y junto a ese nombre, había otros carteles que llevaban solo un menjunje de letras que parecían indicar un idioma quizás polaco, quizás danés. Algo que podría ser concebido como una verdadera “intervención artística” del espacio público, pero que no dejaba de ser la misma broma de Bonino. Los carteles fueron diseñados por Víctor Viano y Miguel “Cachoíto” De Lorenzi, cómplices boninianos. Usaron una tipografía para el título y otra para las letras que rodeaban al mismo. Córdoba vivía una efervescencia cultural única, una que probablemente nunca más se repetiría. No solo las izquierdas intelectuales, con revistas como Pasado y presente, dirigida por José Aricó, marcarían el clima cultural. También las revistas Jerónimo y Hortensia, con su finos análisis y denodados humores, contribuirían a crear esa cultura “de lo imposible”, como la recordará Antonio Marimón en el año 2004. Cultura que será, como se sabe, la sala del mítico barrio Alberdi, aquel donde los estudiantes y los obreros, con sus respectivas organizaciones, lograrían hacerle frente a la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1968. En medio de esa Córdoba imposible, presagio del Cordobazo, pues allí mismo acontecería la lengua-bonino.

    “NTOLSVZ RLKENMT” rezaban las dos primeras líneas de un volante callejero con que se difundió el espectáculo. Y decimos “dos líneas” porque una aparecía arriba y la otra abajo, pero nos deja la duda si no se trata en verdad una misma línea dividida en dos por los límites del papel. Y nos deja todavía una duda más profunda, aquella que ve en la continuidad de esas líneas (o de esa única línea) solo un punto sin sucesión. Un poco como la sensación que nos transmite Jorge Luis Borges cuando vio el Aleph: “En ese instante gigantesco —escribía el autor de Ficciones—, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.” Para Bonino, en su propia transcripción del Aleph, el lenguaje debía dejar de ser sucesivo, debía yuxtaponerse sobre sí, arrugarse. Aquello que el arquitecto cordobés recogería en ese espectáculo, podemos intuir, consistió en la apertura de la simultaneidad absoluta de la lengua en un instante de percepción aléphico. Claro que esta noción para Bonino no era una idea “intelectual”, pues encontraba un cauce físico-sonoro bastante sencillo para su desarrollo: se trataba de enrollar la lengua mientras hablaba para que las palabras se superpusieran unas sobre otras hasta que no hubiera más que sonidos sin palabras, o mejor, palabras puras, sin significado. O pura voz. E incluso, pedazos de aire chocando con otros pedazos y luego, sí, un efecto sonoro, voz, palabra. En eso consistía su Aleph. Y por ello, a diferencia de Borges, él no lo veía: lo decía. Una noche cordobesa de septiembre de 1965 el Aleph borgeano sería un duro y gracioso “NTOLSVZ RLKENMT”. Ese era el lenguaje inexistente del que bebía la lengua-bonino.

    Antes de entrar en escena, se miraría por última vez en al espejo del baño que el dueño de la pequeña sala le había asignado como camarín (“camarón”, respondió Bonino cuando así se lo presentó). Había estado practicando ejercicios vocales y bucales, gesticulando con las mandíbulas fuertemente para aflojar el rostro, saltando en el lugar, estirando los brazos y las piernas, haciendo que todo su cuerpo entrara en calor. En el espejo, sonreía. Sí, ya se reía de su propio chiste, aunque con nervios. Había mucha gente esperando afuera. Los amigos, cómplices desde hacía varios años, que cada tanto entraban a verlo y consultarle cómo iba todo, sonreían también. Nervios y sonrisas. ¿Qué podía salir mal si todo se trataba de que saliera mal? En la sonrisa pudo ver sus dientes, medianos y un tanto amarillentos. Su rostro en términos generales no era muy agraciado. Algo ancho de más, la nariz desproporcionada, pómulos muy toscos y el mentón demasiado cuadrado. También, visto como un todo, padecía una asimetría que lo hacía ver como caído hacia la izquierda, sobre todo en la zona de los ojos. Casi que era un rostro sin rasgos que mostraba, para peor, una calvicie incipiente. Pero en el detalle, acercando la mira a pequeños momentos de la piel, a minúsculos movimientos que siempre estaban allí a punto de estirar la boca en una sonrisa, pues en ese estadio microscópico el rostro se embellecía. Sonrió y vio sus dientes y luego su lengua. Ah, su lengua… Ahí estaba todo. La sacó y al mirarse se encontró en el reflejo sacándose la lengua a sí mismo, como un niño, pero ahora a punto de salir a dar un espectáculo en donde trataría de decir de todo sin decir nada. Justamente como un niño. Ya se reía de su propia broma. Con la lengua todavía afuera, empezó a decir “aaaaaaa”, para calentar la garganta. Recordó cómo los médicos, en su infancia, cuando tenía anginas le pedían que sacara la lengua y que dijera “aaaaaaa” al tiempo que ensanchaba la boca. Repitió más alto “aaaaaaa”. Buscaba diferentes tonos y volúmenes. Decía “aaaaaaa” y luego “AAAAAA”. Y para reírse aún más, terminaba la frase metiendo la lengua con un “lefffff”, dejando que el aire de la efe se dispersara por la cavidad bucal y escapara por los labios chiflando. Y volvía a sacar la lengua y decía, ahora de un tirón, “AAAAAAAleffffff”. Repitió el procedimiento dos o tres veces. Pensó en el cuento de Borges que nunca había leído y casi larga una carcajada, pero se controló pues tenía que mantener la concentración. Cuando le apareció esta palabra, “concentración”, exclamó inmediatamente “concentRRRRación” emulando a un alemán enojado y otra vez casi se le escapa un risotón. Ahora sí, estaba listo para dar su espectáculo. Afuera, en la sala, la gente esperaba ansiosa sin la más remota idea de qué estaba a punto de suceder. La noche empezaba a tomarlo todo.


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    Bonino. La lengua de la inocencia - Manuel Moyano

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    Este ensayo no avanza ni retrocede. Como un cangrejo, camina lateralmente sobre un conjunto de fragmentos que se llamaron Jorge Bonino. Antes que de un estudio o una investigación, se trata de pestañas que se abren con intermitencia azarosa. O rodeos y elusiones a un “objeto” esencialmente elusivo: la vida-obra de un gran artista que enloqueció.



    ¿Cuál es el sitio en que la tierra deja de abrirse súbitamente bajo los pies?

    Pascal Quignard, El odio a la música.

    Córdoba, 1965. Un arquitecto recientemente recibido, oriundo de Villa María, que había logrado por ese entonces ingresar como profesor universitario a la misma Facultad en la que había estudiado, funcionario de la Municipalidad de la Ciudad, encargado del diseño de sus parques, encargado a su vez de diseñar escenografías para un canal de televisión, hijo de una familia de protestantes, conocido por su verborragia desbocada, su rapidez para la broma y el chiste, querido por muchos, ese arquitecto se propondría presentarse en lo que llamaría un “espectáculo”. Pero uno que durara solo “una noche”. Sus amigos y conocidos lo consideraban “un personaje” y, luego de algunas experiencias previas de payasadas y otras yerbas, lo habían convencido: debía hacer “algo” escénico que fuera solo suyo. Un espectáculo, precisamente. Aceptó el desafío y concluyó que el mismo consistiría en presentar un “lenguaje inexistente”, uno sobre el que había estado trabajando toda su vida, incluso inconscientemente, incluso en los sueños. Un lenguaje sin significado, a-semántico. No solo incomprensible, sino irreferenciable, como señalará José Luis Arce en su libro Teatro absoluto. Un lenguaje sin referentes externos, que no dijera nada “sobre” nada. Y mucho menos “sobre” algo. Córdoba, 1965. Jorge Bonino, archiconocido en los pasillos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Córdoba y discretamente mencionado en algunos círculos artísticos, junto a la cofradía de algunos amigos diseñadores y arquitectos vinculados a las artes visuales que se congregaron en torno a las Bienales organizadas en la ciudad por aquellos años, presentaría su “espectáculo” por única vez en la sala El Juglar, ubicada entonces en calle La Rioja, a metros de la Av. Vélez Sarsfield. ¿De qué trataría eso que llamaba el “espectáculo”? Pues de un lenguaje inentendible explicando el origen del mundo. En una palabra, de una tomada de pelo, de una gastada, una boutade. Algo así como una estafa, como un lenguaje estafador, una lengua que ya que pareciendo significativa no significaría nada.

    Y sin embargo, para Bonino, se trataba todavía de una gastada “crítica”. Pero de una crítica en cuanto estaba hecha por ese lenguaje inentendible, también ella imposible de entender desde un referente. “Entonces decidí que me gustaría hacer una crítica del mundo (o mejor dicho del mapa), pero que fuera objetiva, sin ningún punto de vista.” Para “que la gente no pudiera aferrarse a ninguna cosa”, le diría en una entrevista de 1976 a Tamara Kamenszain (aunque dicha entrevista no es sino, como declara la entrevistadora, una traducción de la catarata de declaraciones que a veces era Bonino). Esa crítica consistía, entonces, en que ese lenguaje inentendible fuera inasible. Imposible de aferrar, como un despojo. El espectáculo trajo así un lenguaje inentendible y una crítica indescifrable. Y todo ello con un verdadero toque cómico. Comenzaría de este modo “la leyenda de Jorge Bonino”, como años después la llamaría su ferviente discípulo Héctor Libertella.

    Bonino aclara ciertas dudas fue el nombre elegido para esa presentación. Junto a sus amigos, lo promocionaron con carteles misteriosos pegados por todos los lugares del laberíntico centro cordobés. Y junto a ese nombre, había otros carteles que llevaban solo un menjunje de letras que parecían indicar un idioma quizás polaco, quizás danés. Algo que podría ser concebido como una verdadera “intervención artística” del espacio público, pero que no dejaba de ser la misma broma de Bonino. Los carteles fueron diseñados por Víctor Viano y Miguel “Cachoíto” De Lorenzi, cómplices boninianos. Usaron una tipografía para el título y otra para las letras que rodeaban al mismo. Córdoba vivía una efervescencia cultural única, una que probablemente nunca más se repetiría. No solo las izquierdas intelectuales, con revistas como Pasado y presente, dirigida por José Aricó, marcarían el clima cultural. También las revistas Jerónimo y Hortensia, con su finos análisis y denodados humores, contribuirían a crear esa cultura “de lo imposible”, como la recordará Antonio Marimón en el año 2004. Cultura que será, como se sabe, la sala del mítico barrio Alberdi, aquel donde los estudiantes y los obreros, con sus respectivas organizaciones, lograrían hacerle frente a la dictadura de Juan Carlos Onganía en 1968. En medio de esa Córdoba imposible, presagio del Cordobazo, pues allí mismo acontecería la lengua-bonino.

    “NTOLSVZ RLKENMT” rezaban las dos primeras líneas de un volante callejero con que se difundió el espectáculo. Y decimos “dos líneas” porque una aparecía arriba y la otra abajo, pero nos deja la duda si no se trata en verdad una misma línea dividida en dos por los límites del papel. Y nos deja todavía una duda más profunda, aquella que ve en la continuidad de esas líneas (o de esa única línea) solo un punto sin sucesión. Un poco como la sensación que nos transmite Jorge Luis Borges cuando vio el Aleph: “En ese instante gigantesco —escribía el autor de Ficciones—, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.” Para Bonino, en su propia transcripción del Aleph, el lenguaje debía dejar de ser sucesivo, debía yuxtaponerse sobre sí, arrugarse. Aquello que el arquitecto cordobés recogería en ese espectáculo, podemos intuir, consistió en la apertura de la simultaneidad absoluta de la lengua en un instante de percepción aléphico. Claro que esta noción para Bonino no era una idea “intelectual”, pues encontraba un cauce físico-sonoro bastante sencillo para su desarrollo: se trataba de enrollar la lengua mientras hablaba para que las palabras se superpusieran unas sobre otras hasta que no hubiera más que sonidos sin palabras, o mejor, palabras puras, sin significado. O pura voz. E incluso, pedazos de aire chocando con otros pedazos y luego, sí, un efecto sonoro, voz, palabra. En eso consistía su Aleph. Y por ello, a diferencia de Borges, él no lo veía: lo decía. Una noche cordobesa de septiembre de 1965 el Aleph borgeano sería un duro y gracioso “NTOLSVZ RLKENMT”. Ese era el lenguaje inexistente del que bebía la lengua-bonino.

    Antes de entrar en escena, se miraría por última vez en al espejo del baño que el dueño de la pequeña sala le había asignado como camarín (“camarón”, respondió Bonino cuando así se lo presentó). Había estado practicando ejercicios vocales y bucales, gesticulando con las mandíbulas fuertemente para aflojar el rostro, saltando en el lugar, estirando los brazos y las piernas, haciendo que todo su cuerpo entrara en calor. En el espejo, sonreía. Sí, ya se reía de su propio chiste, aunque con nervios. Había mucha gente esperando afuera. Los amigos, cómplices desde hacía varios años, que cada tanto entraban a verlo y consultarle cómo iba todo, sonreían también. Nervios y sonrisas. ¿Qué podía salir mal si todo se trataba de que saliera mal? En la sonrisa pudo ver sus dientes, medianos y un tanto amarillentos. Su rostro en términos generales no era muy agraciado. Algo ancho de más, la nariz desproporcionada, pómulos muy toscos y el mentón demasiado cuadrado. También, visto como un todo, padecía una asimetría que lo hacía ver como caído hacia la izquierda, sobre todo en la zona de los ojos. Casi que era un rostro sin rasgos que mostraba, para peor, una calvicie incipiente. Pero en el detalle, acercando la mira a pequeños momentos de la piel, a minúsculos movimientos que siempre estaban allí a punto de estirar la boca en una sonrisa, pues en ese estadio microscópico el rostro se embellecía. Sonrió y vio sus dientes y luego su lengua. Ah, su lengua… Ahí estaba todo. La sacó y al mirarse se encontró en el reflejo sacándose la lengua a sí mismo, como un niño, pero ahora a punto de salir a dar un espectáculo en donde trataría de decir de todo sin decir nada. Justamente como un niño. Ya se reía de su propia broma. Con la lengua todavía afuera, empezó a decir “aaaaaaa”, para calentar la garganta. Recordó cómo los médicos, en su infancia, cuando tenía anginas le pedían que sacara la lengua y que dijera “aaaaaaa” al tiempo que ensanchaba la boca. Repitió más alto “aaaaaaa”. Buscaba diferentes tonos y volúmenes. Decía “aaaaaaa” y luego “AAAAAA”. Y para reírse aún más, terminaba la frase metiendo la lengua con un “lefffff”, dejando que el aire de la efe se dispersara por la cavidad bucal y escapara por los labios chiflando. Y volvía a sacar la lengua y decía, ahora de un tirón, “AAAAAAAleffffff”. Repitió el procedimiento dos o tres veces. Pensó en el cuento de Borges que nunca había leído y casi larga una carcajada, pero se controló pues tenía que mantener la concentración. Cuando le apareció esta palabra, “concentración”, exclamó inmediatamente “concentRRRRación” emulando a un alemán enojado y otra vez casi se le escapa un risotón. Ahora sí, estaba listo para dar su espectáculo. Afuera, en la sala, la gente esperaba ansiosa sin la más remota idea de qué estaba a punto de suceder. La noche empezaba a tomarlo todo.


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