96 Pág.


    Fragmento del comienzo de la novela:


    Ulises veía cómo la niña le daba el tiro de gracia, cuando oyó el celular. No necesitaba saber quién lo llamaba a esa hora de la noche en medio de la ceremonia. Por eso lo dejó sonar varias veces, también quería comprobar que la música no la desconcentraba. Solo notó que se había detenido apenas un instante mientras devolvía la pistola. La niña había esperado la orden del Oso con la mano firme, serena ante los ruegos del viejo, los ojos bien abiertos mirando el círculo pintado entre las cejas blancas. La regla imponía que el proceso no durara más de cinco minutos, pero esa noche era única y la ceremonia pareció demorarse en detalles irrelevantes. Cuando el celular sonó por sexta vez, ya todo había terminado y el Oso escoltaba a la niña hasta su barraca.

    –¿Qué querés?

    –Hola, Max, querido amigo, cómo te va –dijo Max con su insoportable voz chillona–.[S1] ¿No te enseñan modales ahí?

    –¿Qué querés, Max, querido amigo?

    –Así me gusta –dijo Max riéndose–. ¿Cómo andan las cosas?

    –Todo normal. 

    –Todo normal, todo normal… Pero contame. ¿Cómo estuvo?

    –Lo que pasa todos los sábados a las once de la noche.

    –Claro, sí, pero no son los mismos condenados, no son los mismos ejecutores. Algo nuevo tiene que haber.

    –Fue una niña esta vez.

    –¡Mirá! Pero eso no pasa, ¿no?

    –No, no pasa. 

    –¿Viste? Contame.

    Era tarea de Ulises confiarle al Periodista los detalles de las ejecuciones, la misma razón por la que sus llamadas de cada sábado lo obligaban a atenderlo: no le podía mentir. No es que el contrato se lo prohibiese, o fuera un impedimento moral, o un resabio de su educación. No poder mentir era lo que lo distinguía.

    –Si la hubieras visto… –dijo Ulises con emoción–. Trajeron a la niña hace un par de semanas, pero parece que hubiera pasado toda su vida acá adentro. Dijeron que era la indicada por esa frialdad que mostraba desde que había llegado, que esa era su distinción, aunque esta vez convenía también que el ejecutor no fuera un adulto. Algo que de paso ejemplificara, por las tendencias particulares de este condenado. Qué más justo para la ejecución de un abusador de menores que una niña… Bueno, te estoy dando demasiados datos.


    –¡Excelente! ¿Qué más?

    Max –Max, desde luego, era un nombre ficticio– ponía una voz chillona para hablar, tan artificial que a veces resultaba intolerable mantener una charla larga con él. Cada sábado se superaba en sus expectativas. Los relatos en los que basaba sus informes retroalimentaban los intereses comunes, de modo que el ciclo de urgencias mutuas era inacabable. El Periodista que necesita publicar los informes, el Testigo del Campo que debe describir con precisión y veracidad todo lo que está ocurriendo.

    Sin embargo, la identidad del viejo era, esa vez más que nunca, un dato delicado.

    –No les molesta que se sepan ciertos detalles, como te digo siempre –dijo Ulises–. De última les resulta como propaganda. Hace veintitrés meses y un día que soy Testigo del Campo y ya sabemos que miran para otro lado mientras mantengamos la reserva de los nombres.

    –¡Pero tanto escándalo! Sean lo que sean, todos los que terminan ahí son vie…

    –Sí –lo interrumpió.

    Max grababa. Por un lado está la sospecha –eso que nadie cree que le puede pasar– y por el otro la posibilidad de dejar registrada la verdad en una grabación. Una cosa es un grupo cuidadosamente elegido, y por lo tanto limitado entre la población de la ciudad, y otra muy distinta sembrar la sospecha en los lectores sobre la característica etaria de los miembros que componen ese grupo. Se sabía que los criterios de selección no eran azarosos, pero crecía el rumor de que guardaban una lógica inescrutable, solo conocida por la Organización. Fomentaba esa idea una suerte de diversidad cíclica que se apreciaba entre los ejecutados.

    Hubo épocas en que la estadística pareció cebarse exclusivamente con los individuos de un estrato social determinado, otras veces la larga mano de la Organización se entusiasmaba con defectos físicos muy puntuales, como la sordera total –a fines del 15 d.F.–, o con desequilibrios psíquicos como la bipolaridad, la psicosis y la fe religiosa, o con la bisexualidad, la soltería, la bigamia y el adulterio, o también con la arquitectura, las artes plásticas y hasta pasatiempos como la papiroflexia, a cuyos escasos cultores se les dedicó cuatro semanas de exclusividad patibularia en el invierno del 21 d.F. Pero en veintinueve años de existencia del lugar era ahora la primera vez que los Indeseables provenían de un grupo etario, hombres y mujeres a partir de los setentaicinco años que desde hacía veintitrés meses morían los sábados a la noche.

    –Estoy ahí –dijo Max–. Ahora pasame la adivinanza.

    De todos modos, Ulises siempre disponía de su ventaja: cuando el Monitor le preguntara si había dicho el nombre, no le quedaría otra que creerle. En este caso su imposibilidad de mentir le evitaba, a diferencia de otros Testigos del pasado, horas o días de torturas inclementes.

    Quizá creían que su imposibilidad tenía un origen físico, o químico, o una mezcla de ambos. La psicología no había encontrado nada, tampoco la psiquiatría ni la neurología, pero, por ese contacto tan extendido con los sanitaristas, todo el mundo lo sabía. Por eso lo habían elegido, ¿qué duda podía haber de que esa era su distinción? Ser Testigo, como ser Ejecutor –o como ser Monitor–, exige tener una cualidad excepcional, y no poder mentir era la suya.

    El juego funcionaba así: Ulises pasaba una cantidad de datos del Indeseable y Max tenía la posibilidad de arriesgar hasta dos nombres. La información se la suministraba a través de adivinanzas con rima. Ulises tenía mucha práctica para inventarlas desde que muchos años atrás las había usado para jugar con el pequeño Argos. Si Max acertaba la adivinanza –lo que ocurría con frecuencia–, él tenía que confirmárselo porque simplemente no podía hacer otra cosa. Claro que nunca salió en el diario el nombre del muerto, ya que eso hubiera significado para Ulises vaya a saber qué y para Max la pérdida de la fuente, pero el Periodista tenía talento, a diferencia de otros colegas del pasado, y se las arreglaba para dar a entender de quién se trataba. Conocía el oficio de la sugerencia y sabía cómo explotarlo. De ese modo los dos cumplían su objetivo: no comunicar exactamente el nombre. El vínculo era tolerado por las autoridades, pero había que desconfiar del Monitor. De los Osos no tenían que preocuparse, eran simples. Los habían hecho así a propósito. Así de inmensos, así de bobos, con ese pasamontañas pegado con clavos a sus pequeñas cabezas puntiagudas. Salvo por una suerte de lenguaje, no había mucho que los distinguiera de los animales.


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    Fragmento del comienzo de la novela:


    Ulises veía cómo la niña le daba el tiro de gracia, cuando oyó el celular. No necesitaba saber quién lo llamaba a esa hora de la noche en medio de la ceremonia. Por eso lo dejó sonar varias veces, también quería comprobar que la música no la desconcentraba. Solo notó que se había detenido apenas un instante mientras devolvía la pistola. La niña había esperado la orden del Oso con la mano firme, serena ante los ruegos del viejo, los ojos bien abiertos mirando el círculo pintado entre las cejas blancas. La regla imponía que el proceso no durara más de cinco minutos, pero esa noche era única y la ceremonia pareció demorarse en detalles irrelevantes. Cuando el celular sonó por sexta vez, ya todo había terminado y el Oso escoltaba a la niña hasta su barraca.

    –¿Qué querés?

    –Hola, Max, querido amigo, cómo te va –dijo Max con su insoportable voz chillona–.[S1] ¿No te enseñan modales ahí?

    –¿Qué querés, Max, querido amigo?

    –Así me gusta –dijo Max riéndose–. ¿Cómo andan las cosas?

    –Todo normal. 

    –Todo normal, todo normal… Pero contame. ¿Cómo estuvo?

    –Lo que pasa todos los sábados a las once de la noche.

    –Claro, sí, pero no son los mismos condenados, no son los mismos ejecutores. Algo nuevo tiene que haber.

    –Fue una niña esta vez.

    –¡Mirá! Pero eso no pasa, ¿no?

    –No, no pasa. 

    –¿Viste? Contame.

    Era tarea de Ulises confiarle al Periodista los detalles de las ejecuciones, la misma razón por la que sus llamadas de cada sábado lo obligaban a atenderlo: no le podía mentir. No es que el contrato se lo prohibiese, o fuera un impedimento moral, o un resabio de su educación. No poder mentir era lo que lo distinguía.

    –Si la hubieras visto… –dijo Ulises con emoción–. Trajeron a la niña hace un par de semanas, pero parece que hubiera pasado toda su vida acá adentro. Dijeron que era la indicada por esa frialdad que mostraba desde que había llegado, que esa era su distinción, aunque esta vez convenía también que el ejecutor no fuera un adulto. Algo que de paso ejemplificara, por las tendencias particulares de este condenado. Qué más justo para la ejecución de un abusador de menores que una niña… Bueno, te estoy dando demasiados datos.


    –¡Excelente! ¿Qué más?

    Max –Max, desde luego, era un nombre ficticio– ponía una voz chillona para hablar, tan artificial que a veces resultaba intolerable mantener una charla larga con él. Cada sábado se superaba en sus expectativas. Los relatos en los que basaba sus informes retroalimentaban los intereses comunes, de modo que el ciclo de urgencias mutuas era inacabable. El Periodista que necesita publicar los informes, el Testigo del Campo que debe describir con precisión y veracidad todo lo que está ocurriendo.

    Sin embargo, la identidad del viejo era, esa vez más que nunca, un dato delicado.

    –No les molesta que se sepan ciertos detalles, como te digo siempre –dijo Ulises–. De última les resulta como propaganda. Hace veintitrés meses y un día que soy Testigo del Campo y ya sabemos que miran para otro lado mientras mantengamos la reserva de los nombres.

    –¡Pero tanto escándalo! Sean lo que sean, todos los que terminan ahí son vie…

    –Sí –lo interrumpió.

    Max grababa. Por un lado está la sospecha –eso que nadie cree que le puede pasar– y por el otro la posibilidad de dejar registrada la verdad en una grabación. Una cosa es un grupo cuidadosamente elegido, y por lo tanto limitado entre la población de la ciudad, y otra muy distinta sembrar la sospecha en los lectores sobre la característica etaria de los miembros que componen ese grupo. Se sabía que los criterios de selección no eran azarosos, pero crecía el rumor de que guardaban una lógica inescrutable, solo conocida por la Organización. Fomentaba esa idea una suerte de diversidad cíclica que se apreciaba entre los ejecutados.

    Hubo épocas en que la estadística pareció cebarse exclusivamente con los individuos de un estrato social determinado, otras veces la larga mano de la Organización se entusiasmaba con defectos físicos muy puntuales, como la sordera total –a fines del 15 d.F.–, o con desequilibrios psíquicos como la bipolaridad, la psicosis y la fe religiosa, o con la bisexualidad, la soltería, la bigamia y el adulterio, o también con la arquitectura, las artes plásticas y hasta pasatiempos como la papiroflexia, a cuyos escasos cultores se les dedicó cuatro semanas de exclusividad patibularia en el invierno del 21 d.F. Pero en veintinueve años de existencia del lugar era ahora la primera vez que los Indeseables provenían de un grupo etario, hombres y mujeres a partir de los setentaicinco años que desde hacía veintitrés meses morían los sábados a la noche.

    –Estoy ahí –dijo Max–. Ahora pasame la adivinanza.

    De todos modos, Ulises siempre disponía de su ventaja: cuando el Monitor le preguntara si había dicho el nombre, no le quedaría otra que creerle. En este caso su imposibilidad de mentir le evitaba, a diferencia de otros Testigos del pasado, horas o días de torturas inclementes.

    Quizá creían que su imposibilidad tenía un origen físico, o químico, o una mezcla de ambos. La psicología no había encontrado nada, tampoco la psiquiatría ni la neurología, pero, por ese contacto tan extendido con los sanitaristas, todo el mundo lo sabía. Por eso lo habían elegido, ¿qué duda podía haber de que esa era su distinción? Ser Testigo, como ser Ejecutor –o como ser Monitor–, exige tener una cualidad excepcional, y no poder mentir era la suya.

    El juego funcionaba así: Ulises pasaba una cantidad de datos del Indeseable y Max tenía la posibilidad de arriesgar hasta dos nombres. La información se la suministraba a través de adivinanzas con rima. Ulises tenía mucha práctica para inventarlas desde que muchos años atrás las había usado para jugar con el pequeño Argos. Si Max acertaba la adivinanza –lo que ocurría con frecuencia–, él tenía que confirmárselo porque simplemente no podía hacer otra cosa. Claro que nunca salió en el diario el nombre del muerto, ya que eso hubiera significado para Ulises vaya a saber qué y para Max la pérdida de la fuente, pero el Periodista tenía talento, a diferencia de otros colegas del pasado, y se las arreglaba para dar a entender de quién se trataba. Conocía el oficio de la sugerencia y sabía cómo explotarlo. De ese modo los dos cumplían su objetivo: no comunicar exactamente el nombre. El vínculo era tolerado por las autoridades, pero había que desconfiar del Monitor. De los Osos no tenían que preocuparse, eran simples. Los habían hecho así a propósito. Así de inmensos, así de bobos, con ese pasamontañas pegado con clavos a sus pequeñas cabezas puntiagudas. Salvo por una suerte de lenguaje, no había mucho que los distinguiera de los animales.


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