152 Pág.


    Una mañana, tras un sueño intranquilo, Seda despertó convertida en un monstruoso insecto. Fue lo que pensó apenas incorporada al verse reflejada

    en la puerta abierta del armario. De arriba abajo: pajonal reseco en la cabeza, por ojos dos ranuras,

    cuerpa sin cintura:

    de giganta petisa. Era en verdad algo formidable de ver. Y lo hacía como era

    por vez primera,

    ocupando espacio.

    Por costumbre, al principio sintió rechazo

    de quien de frente la miraba. Lo que el espejo devolvía

    no correspondía

    al estrecho ámbito de lo deseable: no era bello, no era fino, no era terso, no era firme. Las palabras a disposición

    para describir tan terrible situación

    o espectáculo pertenecían

    al reino de lo puaj, todas cosas que Seda, para protegerse o no dañarse, elegía

    no pensar no decir, quedando reducida

    a ente sin vida,

    sin sustancia,

    especie de malograda vagancia, idea incorpórea. Se veía

    pero no se veía.

    Así se había

    enseñado a vivir.

    Una mañana como todas, si no fuera porque algo clic: entró en su quicio, acomodando ideas. Algo clic, inesperado: y de pronto Seda ve, reconoce sus tetas fabulosas, algo clic y aparecen frente a ella muslos fuertes, tracción 4x4, vía láctea de hoyos cada vez que aprieta nalga o estira rodillas. Algo clic sus pies firmes casi sin arco, incompatibles con el concepto mismo del taco. Algo clic las estrías en su panza como paréntesis alrededor de su ombligo. Algo clic: su pelo hirsuto más parecido

    a la paja que a cascada pelosa con efecto Sedal. Su no cintura completa su todo incorrecto, indeseado, invisible por falta o imposibilidad de representación. Y la idea que se forma en su cabeza al verse por primera vez

    tal como es

    mucho tiempo después

    de haber nacido es:

    que la belleza es un patrón de medida, como los años luz, que indica la distancia que separa una humanidad posible de las formas útiles para la venta de mercancías. Viéndose en toda su cabal extensión,

    aprehendiendo sus contornos más allá de cualquier idealización, Seda choca de frente con segunda concepción,

    que le confiere novedosa sensación de libertad: ser bella no es obligación.

    Y tres: es un trabajo.


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    Seda metamorfa - Ana Ojeda

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    152 Pág.


    Una mañana, tras un sueño intranquilo, Seda despertó convertida en un monstruoso insecto. Fue lo que pensó apenas incorporada al verse reflejada

    en la puerta abierta del armario. De arriba abajo: pajonal reseco en la cabeza, por ojos dos ranuras,

    cuerpa sin cintura:

    de giganta petisa. Era en verdad algo formidable de ver. Y lo hacía como era

    por vez primera,

    ocupando espacio.

    Por costumbre, al principio sintió rechazo

    de quien de frente la miraba. Lo que el espejo devolvía

    no correspondía

    al estrecho ámbito de lo deseable: no era bello, no era fino, no era terso, no era firme. Las palabras a disposición

    para describir tan terrible situación

    o espectáculo pertenecían

    al reino de lo puaj, todas cosas que Seda, para protegerse o no dañarse, elegía

    no pensar no decir, quedando reducida

    a ente sin vida,

    sin sustancia,

    especie de malograda vagancia, idea incorpórea. Se veía

    pero no se veía.

    Así se había

    enseñado a vivir.

    Una mañana como todas, si no fuera porque algo clic: entró en su quicio, acomodando ideas. Algo clic, inesperado: y de pronto Seda ve, reconoce sus tetas fabulosas, algo clic y aparecen frente a ella muslos fuertes, tracción 4x4, vía láctea de hoyos cada vez que aprieta nalga o estira rodillas. Algo clic sus pies firmes casi sin arco, incompatibles con el concepto mismo del taco. Algo clic las estrías en su panza como paréntesis alrededor de su ombligo. Algo clic: su pelo hirsuto más parecido

    a la paja que a cascada pelosa con efecto Sedal. Su no cintura completa su todo incorrecto, indeseado, invisible por falta o imposibilidad de representación. Y la idea que se forma en su cabeza al verse por primera vez

    tal como es

    mucho tiempo después

    de haber nacido es:

    que la belleza es un patrón de medida, como los años luz, que indica la distancia que separa una humanidad posible de las formas útiles para la venta de mercancías. Viéndose en toda su cabal extensión,

    aprehendiendo sus contornos más allá de cualquier idealización, Seda choca de frente con segunda concepción,

    que le confiere novedosa sensación de libertad: ser bella no es obligación.

    Y tres: es un trabajo.


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